domingo, 4 de noviembre de 2012

finsquisapquan

Solemos dar un abrazo o dos besos, y decir adiós cada vez que nos despedimos de alguien. No es duro, es habitual, nos lo han enseñado así, y así mismo lo hemos acatado. En cambio, cuando conocemos a alguien resulta diferente ese primer momento. Los inicios son inciertos, hay mil maneras de conocer e infinitas formas de iniciar algo.
Parece sencillo, pero cuando nos ponemos a pensar, nunca sabemos como ha empezado todo, pero los comienzos son agradables, curiosos y duraderos en nuestras mentes. A pesar de ello, el final siempre llega, es ley de vida que toda acción que empieza debe acabar, y los finales no suelen tocar a la puerta para despedirse. Pueden darnos millones de toques de alarma, que en ese intermedio de tiempo seguramente seremos las personas más sordas del mundo. Es más fácil decir  adiós a diario, que adioses puntuales, pero adioses diarios se pueden convertir en puntuales.
Nos despedimos como habitualmente, pero ha llegado a ser el punto y final de nuestros adioses, un adiós habitual convertido en puntual sin avisar. Ojalá un día no duela, ojalá un día me cuentes cómo te sentiste tú tras nuestro último abrazo.